Promesas cumplidas

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regalo.jpgAl llegar a cierta edad es muy común que los niños, al pedir que alguien les haga algo, empiecen a añadir como pregunta secundaria: ¿Me lo prometes?  No sé a qué  se debe exactamente esa necesidad de buscar una garantía en los más pequeños. Puede ser que ya hayan sufrido alguna decepción o incluso engaño, o que sencillamente se van despertando a una realidad de este mundo: hasta con la mejor intención, hay circunstancias que impiden que los adultos cumplamos con lo que hemos dicho.  Todavía al escuchar esas palabras mágicas: "Vale, te lo prometo", se sienten de alguna forma confiados, pues en teoría lo prometido se tiene que llevar al cabo.  Con la edad todos vamos aprendiendo que ningún ser humano es fiable al 100%.  Aceptarlo forma parte de la madurez.  Pero en este tema, como en tantos otros, Dios insiste en que debemos volver a hacernos como niños para creer en Él.

Uno de los aspectos de la celebración de la Navidad que más nos debe llenar de alegría es precisamente pensar que al nacer Jesús Dios estaba cumpliendo una promesa que había hecho a su pueblo muchos años antes.  A través del profeta Isaías dijo: "Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emmanuel." (Is. 7:14).  Qué consuelo para nosotros pensar que Dios es fiel a lo que ha prometido.  Si no tuviéramos nada más que celebrar en estas fechas, esto sería motivo suficiente para estar de enhorabuena.  De hecho, la Biblia nos dice que Dios, a diferencia de los hombres, no puede mentir (Núm. 23:19).  Cumplir con lo que ha dicho forma parte de su naturaleza.  Por eso dice: "Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié." (Is. 55:10-11).  Vivir con esta seguridad es un gran descanso pues se nos brinda la oportunidad de disfrutar de esa misma confianza en Dios como la que tienen los niños con nosotros, pero con una garantía infinitamente mayor.

Lo que puede complicar este proceso es el tema de la espera. Durante los siglos de espera entre la promesa de Isaías y el nacimiento de Jesús el pueblo de Israel llegó a crear sus propias teorías acerca de cómo se desarrollarían los hechos al cumplirse tal promesa.  Además llegaron a suplir su necesidad con ilusiones e incluso con actividades que tenían la apariencia pero no la sustancia de lo que Dios tenía en mente. Estos dos peligros, tan reales para nosotros aún hoy en día mientras esperamos, hicieron que muchos no reconocieran el cumplimiento de la promesa cuando ésta se manifestó.  Se suele decir que el que espera  desespera, y el fruto de la desesperación puede ser el adelantarse a los acontecimientos. La Palabra de Dios nos da otra alternativa cuando dice que el que espera en Dios se purifica a sí mismo (1ª Jn. 3:3), que el que confía en el Señor renovará sus fuerzas (Is. 40:31). Para que esto sea nuestra realidad debemos esforzarnos al máximo para seguirle de cerca, no perderle nunca de vista.

Jesús ya vino, y la promesa mayor de todos los tiempos ya se hizo realidad: "Emmanuel, Dios con nosotros."  Vino con un solo propósito: morir en la cruz para que tú y yo pudiéramos vivir en una relación de amor con nuestro Padre.  Esto es la esencia de lo que celebramos en estas fechas.  El mismo que lo prometió es quien lo cumplió, y es el mismo que ha prometido cuidar de ti, guiarte, regalarte la vida eterna si por fe abres tu corazón y pones tu confianza en él.  Pues de la misma forma que prometió que Jesús vendría ha dicho que volverá otra vez para buscar a los que aguardamos su regreso.  Y esto es una promesa que, viniendo de quién viene, haríamos muy bien en tener en cuenta.

Por Philip Enrique.

 

 

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